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LA TORTUGA JUSTICIERA

Una historia de: Cuentos guineanos

Autor:

Había una vez un hábil cazador que vivía en el corazón de la selva entre serpenteantes caminos y arroyos cantarines.

Cierto día consiguió capturar vivo a un corpulento tigre. Para evitar que el felino se escapara, construyó una jaula y lo metió dentro de ella. Cerró la jaula con un grueso candado y colgó la llave en la rama de un árbol que estaba muy “cerquita”, pero a la que el tigre no podía llegar de ninguna manera.

Ocupado en miles de asuntos, el cazador fue poco a poco olvidándose del tigre y apenas le daba de comer. Pasaron unos meses y el tigre estaba tan flaco y desmejorado, que apenas tenía fuerza ni para levantarse.

Mas quiso la suerte que un día pasara por allí un simpático y compasivo muchacho, que viendo al maltrecho animal, decidió abrirle la puerta de la jaula de par en par para liberarlo.

Al verse libre el tigre le dijo así al muchacho:

--Amigo te agradezco que me hayas liberado, pero tengo tanta hambre que te voy a comer de inmediato.

--No puedes hacer eso, -dijo el muchacho, llorando amargamente-- yo soy tu salvador.

--Mi hambre es mayor que mi compasión,--replicó el tigre, así que te comeré de todas formas.

Un momento, -dijo el muchacho. No tan rápido. Aunque estamos en la selva, aquí también existen las leyes. Así que te pido que vayamos al poblado más cercano y pidamos justicia. El tigre no podía negarse a la ley de la selva y allá se dirigieron los dos.

En aquel poblado el juez era el antílope. El muchacho se dirigió a él  y así le dijo: Señor juez, encontré encerrado a este tigre dentro de una jaula; lo solté y ahora, en pago, pretende devorarme. Pido justicia.

El antílope sabía que el muchacho tenía razón, pero por miedo de que el tigre se lo comiera también a él, falló a favor del animal.

--Lo ves—dijo el tigre,--al final te comeré de todas las formas—

--Pero no todavía—replicó el muchacho. Sabes que tengo derecho a acudir a dos jueces más. Y si uno me da la razón, no me podrás comer. Así que vamos al siguiente poblado, a ver qué pasa—

Y así lo hicieron. En el siguiente poblado el juez era el puerco-espín, quien después de escuchar al muchacho, también le dio la razón al tigre por miedo de que el animal se vengara y se lo comiera a él.

El tigre volvió a fanfarronear mientras decía—Ya ves que todo el mundo me da la razón. Así que no me hagas perder el tiempo—

De eso nada-dijo el muchacho; aún tengo derecho a un último juez.

Así llegaron a un tercer poblado, dónde imponía justicia la tortuga.

La tortuga escuchó pacientemente las razones del muchacho y aunque también estaba temerosa del tigre dijo:

--El asunto es grave: conviene aclararlo muy bien antes de impartir justicia. Os pido que vayamos al lugar dónde todo ocurrió.

Y para allá se fueron todos. Cuando llegaron al lado de la jaula, la tortuga propuso que cada uno se colocara en el lugar donde estaba cuando empezó todo.

Así, que ni corto ni perezoso, el tigre se metió dentro de la jaula. ¿Era así como estaba todo?-volvió a preguntar la tortuga.

No-respondió tranquilamente el tigre-. La jaula tenía el candado puesto y el candado estaba cerrado con llave. Que el muchacho ponga el candado pues-dijo la tortuga y que lo cierre con llave. Y el muchacho así lo hizo.

¿Y dónde estaba la llave?-preguntó la tortuga.

Las llaves estaban colgadas del árbol –respondió el tigre.

Así que el muchacho colgó la llave en la rama de aquel árbol.

¿Así era exactamente como estaba todo?-dijo la tortuga. Así-respondieron a la vez el tigre y el muchacho.

--En tal caso—dijo la tortuga voy a tomar la decisión más justa. Muchacho, puedes seguir tu camino. Y en cuanto a ti Señor Tigre, de momento te quedarás ahí encerrado, al menos hasta que aprendas a ser agradecido y no quieras comerte a los que te ayudan.

Y así fue como la tortuga impartió justicia en la selva.

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